El sollozo de sus llantos llegan a un caudaloso río, oscurecido por la sombra e iluminado por el sol de la luna. Es así como todas terminan su vida solo para darle el comienzo a otras emitiendo gemidos y llantos con los primeros bocados de oxigeno que dan, pero uno de ellos no lloraba, no emitía sonido alguno. Su aspecto era espantoso, cuando por fin se decidió a gritar, lanzó un chillido agudo y ensordecedor. Los aldeanos que ayudaban con los partos les sangraban los oídos pero misteriosamente los otros bebés quedaban callados y plácidos durmiendo ante sus pequeños y delicados oídos, bello, fino y somnoliente. Seis bebés en la orilla del río, uno que no parecía haber nacido, crecieron juntos después de veinte minutos, convertidos en años tanto para ellos como para la aldea.

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